No la llamemos neoliberal, pero…

No la llamemos neoliberal, pero…

La producción de conocimiento ocurre primordialmente en función de asegurar la continuidad de las sustituciones tecnológicas, donde cada nueva tecnología implica hacer cosas mejores o de manera más eficiente que la anterior, lo que supone bienestar y progreso para la humanidad, lo que legitima una especie de imperativo tecnológico: lo que técnicamente pueda hacerse, debe hacerse. Y es preciso buscar que cada vez pueda hacerse más. La tecnología aparece como el verdadero motor de la historia, por lo que no debería frenarse su desarrollo.

Al mismo tiempo, han surgido voces críticas al desarrollo tecnológico, señalando los costos que ha tenido para la sociedad y el planeta, así como su contribución en la configuración de un mundo en el que no necesariamente podemos estar bien todos, dados los vínculos que se han ido estrechando cada vez más entre la tecnología y el mercado: la tecnología se compra en la forma de productos y servicios diseñados a la medida del bolsillo de los segmentos a los que se dirigen, beneficiando de forma preponderante a los grupos sociales con mayor poder adquisitivo y/o a las regiones y países con acceso prioritario a los avances científico técnicos, ampliando cada vez más las brechas entre ricos y pobres y afianzando la idea colonialista del desarrollo a partir de la propiedad intelectual y la explotación exclusiva del conocimiento.

Para nadie es un secreto que las grandes empresas llevan décadas privatizando y monopolizando el conocimiento y la tecnología, en algunos casos recurriendo a prácticas que escapan de los linderos éticos. Por ejemplo, las reivindicaciones de patente banales o sin fundamento con el mero propósito de restringir el avance tecnológico o poner trabas a la libre competencia; el desarrollo de procesos y productos atractivos en términos de mercado, pero con impactos negativos en la salud humana o el ambiente; o la utilización de fondos públicos sin que se produzca un retorno social efectivo y al menos proporcional. Cuando hablamos de satisfactores básicos, como los medicamentos o los equipos de cuidado sanitario, la consecuencia puede ser la pérdida de vidas humanas, sobre todo cuando se enfrenta una pandemia como la ocasionada por el SARS-Cov2. Aún cuando ha fluido la información y la cooperación entre la comunidad científica internacional, para las grandes empresas farmacéuticas o de equipos médicos, el interés por encontrar una vacuna o un tratamiento para el COVID-19 no es humanitario sino de negocios. Han quedado al descubierto algunos escándalos relacionados con kits de pruebas médicas que no han funcionado, que se han vendido a sobreprecio o cuyo desarrollo ha sido obstaculizado mediante demandas interpuestas entre las compañías fabricantes. El fundador del Laboratorio TIB Molbiol, la empresa alemana que desarrolló el protocolo de pruebas PCR que sirvió de base para los primeros 250,000 kitsque distribuyó gratuitamente la OMS, ha señalado que es inmoral vender las pruebas en 100 dólares, aprovechando la escasez y el miedo de la gente, cuando en realidad su costo tendría que ser de alrededor de 10 dólares. En una situación similar se encuentra la tecnología para la fabricación de las mascarillas N95, protegida por más de 400 patentes de la compañía 3M, lo que ha obstaculizado la fabricación global de estos dispositivos de protección, generando escasez y un incremento en los precios de mercado. Inclusive el Remdesivir, uno de los fármacos que podrían resultar efectivos para el tratamiento del COVID-19, está protegido con una patente propiedad de la empresa Gilead Sciences, la misma que poseía el ingrediente activo del medicamento antiviral utilizado para tratar la influenza AH1N1, por lo que obtuvo ganancias millonarias de las regalías. Y las podría volver a obtener si se prueba la efectividad del Remdesivir contra el COVID-19, sobre todo porque se prevé que la vacuna podría tardar cuando menos un año y aún no hay evidencia científica de que se genera inmunidad en las personas que se han recuperado. Obviamente, las acciones de la empresa están subiendo rápidamente y diversos laboratorios están tratando de adueñarse de la patente, al mismo tiempo que algunos gobiernos podrían estar evaluando su apropiación por causas de utilidad pública, una medida que podría resultar contraproducente por temas de inversión pero que podría ser la solución para evitar el problema de abastecimiento a precios de un mercado ávido y con una empresa controlando toda la fabricación y la distribución mundial.

Actualmente, una gran cantidad de investigadores de universidades y empresas de todo el mundo están tratando de desarrollar una vacuna, con resultados esperanzadores hasta hoy y con una gran inversión pública detrás. Pero la inversión por sí sola no garantizará buenos resultados para todos: es preciso que se establezcan acuerdos entre los gobiernos, las empresas y los proveedores para todo el ciclo de vida, desde la investigación y el desarrollo hasta la distribución, con base en el interés público, la inteligencia colectiva y el acceso universal y gratuito del producto final. Es decir, un cambio radical sobre el modelo científico técnico actual.El Gobierno de Costa Rica propuso a la OMS que se libere la información sobre el diagnóstico, prevención y tratamiento del COVID-19, a fin de que todos los países tengan acceso al conocimiento, lo que podría resultar poco efectivo si las empresas siguen manteniendo el control de las tecnologías, incluso de aquellas desarrolladas con fondos públicos, como ocurre en gran medida en la industria farmacéutica. Asimismo, el Gobierno de México impulsó ante la ONU una propuesta para garantizar el acceso en igualdad de condiciones a medicamentos, vacunas y equipo médico relacionado con el COVID-19, propuesta que recibió el apoyo de la gran mayoría de los países.

En este tiempo de la pandemia, el desarrollo de una vacuna efectiva y de acceso universal y gratuito, será la gran prueba de nuestra capacidad de cooperación global para anteponer un propósito humanitario a las ganancias privadas. Más aún, será la prueba de nuestra capacidad efectiva para enfrentar una crisis sanitaria que nos afecta a todos sin desatender problemas que atañen a los más pobres: algunos países podrían enfrentar un gran aumento de muertes por enfermedades que ya son prevenibles dada la suspensión de las campañas rutinarias de vacunación; y aunque todos los países verán afectadas sus economías, para algunos realmente significará hambre. Llevamos mucho tiempo luchando por etiquetas y en defensa de un modelo que ahora no nos servirá. Superar con éxito estas pruebas demandará no sólo las mejores respuestas científicas y tecnológicas sino también humanas y solidarias.

Reflexiones de una pandemia. Mayo 4 de 2020.

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