«…podemos aprovechar el aprendizaje y el momento y simplemente adoptar la llamada nueva normalidad como un paréntesis de medidas sanitarias y de reactivación económica en lo que podemos contar con una vacuna y volver no a la vieja normalidad, sino a la persistente, la terca normalidad: la de omitir las preguntas sobre cómo estar mejor en el mundo, cada uno consigo mismo y con los otros.»

La terca normalidad: entre lo público y lo privado

 

Ana Guzmán

La pandemia ha puesto al descubierto lo destructivo que pueden ser determinados estilos de vida y patrones de consumo. Se ha comprobado que las personas que padecen enfermedades tales como hipertensión, diabetes, obesidad o tabaquismo, tienen mayores probabilidades de morir por COVID-19 que quienes se encuentran libres de tales padecimientos. Y sabemos que estas enfermedades tienen entre sus causas diversos factores genéticos y ambientales; estos últimos asociados a malos hábitos alimenticios, como dietas de alto contenido calórico y pobres en nutrientes o el consumo de alimentos ultraprocesados; o a malos hábitos de actividad física, descanso y trabajo. Quizá muchas personas colocarían estos hábitos en el ámbito de las elecciones personales, como si dependieran únicamente de la propia voluntad haciendo válido aquello de que “el cambio está en uno mismo”. Echaleganismopuro. Sin embargo, la pandemia también ha arrojado nuevas y más potentes luces sobre el tema de la desigualdad social, al mismo tiempo que la búsqueda de la supervivencia por parte de individuos, empresas y sectores pareciera estar dando impulso a factores que apuntarían a la persistencia o incluso al agravamiento de la desigualdad. Esto, ante la llegada de la nueva normalidad y la inminente crisis económica, ha conducido a revaloraciones de lo público frente a lo privado, en lo que pudiera ser una buena oportunidad de hacer ajustes de política pública en cada país y región, en lugar de aguardar, quizá de manera un tanto cándida, la debacle del capitalismo y la gran transformación paradigmática global o, por contrario, desaprovechar el aprendizaje y el momento y simplemente adoptar la llamada nueva normalidad como un paréntesis de medidas sanitarias y de reactivación económica en lo que podemos contar con una vacuna y volver no a la vieja normalidad, sino a la persistente, la terca normalidad: la de omitir las preguntas sobre cómo estar mejor en el mundo, cada uno consigo mismo y con los otros.

Aunque en términos absolutos, México no está en los primeros lugares de desigualdad en el mundo (ocupa el lugar 29 según el Índice Gini del Banco Mundial), en términos relativos se advierten enormes diferencias entre los más ricos y la gran base de estratos más pobres cuyas vulnerabilidades ha hecho aún más evidentes la pandemia.  Según el CONEVAL[1], en México 52.4 millones de personas, que representan el 41.9% de la población, viven en situación de pobreza, y 9.3 millones, el 7.4%, en pobreza extrema; y 36.7 millones de mexicanos, 29.3% de la población, están en vulnerabilidad por carencias sociales relacionadas con la educación o el acceso a los servicios de salud, seguridad social, alimentación y vivienda digna. Asimismo, mientras que 39.7% de la población presenta inseguridad alimentaria y 20.4% está en carencia por acceso a la alimentación, 75% de la población adulta presenta sobrepeso u obesidad, lo que es un claro reflejo de una mala alimentación, con alto consumo de comida chatarra. Por otra parte, el “quédate en casa” sólo pudo llevarse a cabo sin el consecuente sacrificio de ingresos para una minoría de la población ocupada que pudo trasladar el trabajo a su casa; por lo general, se trata de trabajos ligados a altos niveles educativos y que se encuentran en la parte superior de la distribución de ingresos. En el país hay altos índices de precariedad laboral, siendo mayor entre los independientes no calificados, los asalariados en microempresas y los trabajadores sin salario. Sólo el 44% de los 55 millones de mexicanos que representan a la Población Económicamente Activa (PEA) tienen acceso a seguridad social, mientras que el 56% está en el sector informal. En lo que va de la pandemia, se han perdido más de un millón de empleos, la gran mayoría correspondientes a trabajadores con ingresos bajos.

En pocas palabras, quienes mayormente tendrán que sufrir las consecuencias de la crisis, tanto en lo sanitario como en lo económico, serán los grupos poblacionales más vulnerables, como una consecuencia directa de la desigualdad social. El problema de la alimentación en México se relaciona mayormente con un tema de acceso tanto por el costo como por la cercanía y la conveniencia de los puntos de venta de alimentos frescos y saludables. Es decir, cuentan las preferencias personales, pero no son los únicos factores determinantes o siquiera los principales. En situaciones similares se encuentran los problemas de acceso a la salud, la información, la conectividad, el agua, la vivienda digna, el transporte, la tranquilidad, el tiempo libre y todo aquello que propicia el desarrollo humano. Lo peor es que estas carencias sociales no sólo reflejan la inequidad, sino que la amplían y la reproducen, lo que nos lleva a pensar que la desigualdad aumentará como consecuencia de la pandemia, aún cuando esto sea más claro en términos de la desigualdad del ingreso laboral y en menor medida en el ingreso derivado del capital. La crisis económica derivada de la pandemia podría favorecer una mayor concentración de la riqueza, tanto en menos manos como en sectores específicos, lo que a su vez repercutirá en el ingreso de los trabajadores y en el aumento de la pobreza y la pobreza extrema.

Todo esto señala que serán cruciales los esfuerzos en materia de dinámica redistributiva como de políticas públicas para atemperar no sólo la magnitud y la duración del choque de la pandemia, sino también el impacto desigual en los diversos estratos económicos. El combate a la pobreza y la desigualdad ha sido una de las apuestas principales del gobierno actual, con una serie de programas sociales cuya cobertura, que aún era insuficiente, tendrá que ampliarse como efecto directo de la pandemia, priorizando la seguridad alimentaria, el acceso a la salud, la educación, el ingreso y el empleo de los millones de mexicanos que sufrirán las mayores afectaciones. En términos de salud pública también se han hecho importantes avances con la ampliación de la capacidad hospitalaria y la base de profesionales de la salud que deberán no sólo mantenerse, sino ampliarse y dispersarse hacia las comunidades rurales. También se ha avanzado en la legislación en temas tan importantes como elevar a rango constitucional los programas sociales, crear el sistema nacional de salud para el bienestar o los etiquetados frontales de advertencia en alimentos y bebidas procesados. Aunque se ha marcado ya el camino, falta mucho por recorrer como individuos, como sociedad y como gobierno.

Reflexiones de una pandemia. Junio 24 de 2020

 

[1] Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social. Medición de la Pobreza 2018. Visto: https://www.coneval.org.mx/Medicion/MP/Paginas/Pobreza-2018.aspxel 22 de junio de 2020.

 

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